Editorial

(c) Diseño de portada - Paula Pappalardo



Número 148


BIENVENIDOS AL TREN!!!!

Como un pre anuncio de la primavera, el verde comienza a despuntar y colorear la grisura del invierno. Una pulsión de renovación y renacimiento late en el aire. Ojalá que los pesares, las broncas, las tristezas no nublen nuestra mirada. Y podamos enfocarnos en rescatar la alegría de las cosas cotidianas. Para seguir haciendo camino al andar.

Y como de andar se trata el trencito se apresta a partir. Quiere aires de montaña, por eso la locomotora emprende rumbo a la Cordillera, pues en la provincia de La Rioja nos espera nuestro primer pasajero y amigo: MIGUEL ÁNGEL OVIEDO ÁLVAREZ. Nació en Villa Dolores y desde hace más de 25 años reside en CHILECITO (prov. de LA RIOJA). Es Profesor y Licenciado en Letras (Univ. Nac. de Córdoba) y Doctor en Letras (Univ. del Salvador - Bs.As.). Ejerce la docencia en la Univ. Nac. de Chilecito y la Univ. Nac. de La Rioja. Libros publicados: Poesía: “Razones de Poesía” (1990 - con préstamo del Fondo Nac. de las Artes); “De las breves voces” (1999 – auspiciado por la Municipalidad de Córdoba); “Escrituras de caminante”(2012); “Palabra concisa” (Ed. del Dock–2018). Ensayo: “Del romanticismo al naturalismo. Lectura de la literatura del siglo XIX” (2001) Participó en Antologías y obtuvo premios: Poesía Joven (1971); Colección de Afiches Murales Poesía en la Calle (1984); Direccional Poético “Amor” (1993); “El 101”Premio literario bienal, Editorial Tierras Planas 92-93 (1994); Nuevo Mapa de la Poesía Riojana (2005); Integración Cultural Riojana Nº 4 (2006). Realizó la corrección y el prólogo de “El juicio del siglo”, serie reedición de las Obras Completas de Joaquín V. González (EUDELAR 2006); y la edición, prólogo y notas de “La tradición nacional”, serie reedición de las Obras Completas de Joaquín V. González (EUDELAR 2008). Colabora en el diario “El Independiente” (La Rioja). En el 2011 fue becado por el Fondo Nac. de las Artes para participar en el programa “Pertenencia, puesta en valor de la diversidad cultural argentina”. Es miembro de la Fundación Litterae. De su libro “Palabra concisa” nos deja sus poesías, plenas de sensibilidad y filosofía.


Anoche
florecieron cinco rosas
en la isla verde
de nuestro patio

Respiro el aire liviano
que viene de Famatina
y encuentro

las cinco llamaradas abiertas
como dedos en plegaria

aún están húmedas
bajan por los pétalos
las gotas de rocío.


Los dados
a los que
no juega Dios

pueden

en un solo golpe

apagar el sol

O encender el amor

al que urgente
acudo en tu piel.


Cadenas rotas
Cruzo la mañana

Desembarco en la siesta ardiente
y subo a la plaza

Desde las copas de los lapachos
el rosado intenso me cautiva

me refugio en la sombra
y una hilera de tarcos

Las ramas de los naranjos
se vistieron de azahares

El cincel de Lola Mora
dejó en un rincón
estruendos
de cadenas rotas

Desde la historia me llegan
turbulentos sonidos

Leo una lápida donde estuvo,
hace más de cien años,
la cabeza de Marco Avellaneda
en una pica, clavada

Era la Patria que buscaba
(ferozmente y degollando diferencias)
los laureles
que supimos conseguir


La refugiada
me mira con ojos ausentes
y me muestra
su muñeca descabezada

Su madre la arrastró de la mano
y huyeron en loca carrera

Huyeron de los edificios derrotados
de los silbidos de la muerte
de las sirenas que iban y venían

En el cartel
que sostiene con sus manos
leo su desamparo
acompasado con el sonido lúgubre
que sale de las cuerdas
de un violín desafinado.


Pero aún
a nosotros
que perdimos
algunas batallas
nos quedan
las mejores

entonces afinamos la puntería
y veloces como flecha
vamos certeros
al blanco

sin que nadie la note
derribamos cada estorbo
puesto en el camino

y seguimos andando
porque aún
estamos a tiempo
de hacer la revolución


                             de su libro “PALABRA CONCISA”


Nos despedimos de nuestros amigos riojanos que nos han agasajado con un delicioso torrontés de Chilecito y unas ricas nueces confitadas. Es largo el camino ahora, pues el trencito debe cruzar toda nuestra geografía para arribar a la provincia de Entre Ríos. Allí nos aguardaba ABEL EDGARDO SCHALLER. Nació y vive en PARANÁ (prov. de ENTRE RÍOS). Es profesor Nacional de Educación Física, egresado del Instituto Nacional de Educación Física de Santa Fe con Premio al Mejor Promedio de su Promoción, diciembre de 1962. Entre 1970 y 1972 residió en Alemania, becado por el Servicio Alemán de Intercambio Académico para realizar dos semestres de perfeccionamiento en su especialidad. Realizó estudios en la Especialidad Dirección Coral en el Instituto de Música de la UNL, en donde fue además Profesor Titular de la Cátedra entre 1993 y 1998. Es fundador de 13 organismos de música vocal en el país. Dirige el Coro  “Vocal Son Mayor” de Santa Fe  e integra como segundo tenor y arreglador el grupo vocal “MELIPAL”, que fundara el Maestro Eduardo Hernán Gómez. En 2012 obtuvo el premio “Fray Mocho” en el rubro poesía, la más alta distinción literaria que otorga  la Provincia de Entre Ríos. Ha publicado tres poemarios: “Las altas horas” y “Cortitos y al pie” (Greguerías y otras yerbas”, publicado por Ediciones del Cle y “De fulgores y sepias” por la Editorial de la Provincia de Entre Ríos, Premio “Fray Mocho” de Poesía, año 2.012). Ha recibido numerosos premios entre los que menciono: Primer Premio “Poesía”.Concurso Diario “UNO” de Paraná. Febrero de 2003. -Primer Premio Poesía Concurso Literario Nacional “Julio Arístides”, de la Comisión de   Cultura de la Casa y Mutual Universitaria de San Martín. Prov. de Buenos Aires. Primer Premio Concurso Provincial de Poesía organizado por ADES (Asociación de Escritores Seguienses). Noviembre de 2004. Idem, noviembre de 2005, 2006 , 2009 y 2010. Primer Premio en el Concurso Literario de Poesía “Juegos Florales” organizado por el Paraná Rowing Club. Septiembre de 2004. Idem, septiembre de 2005. Primer Premio Poesía en el Concurso Literario “Homenatge a les Avis i Avis  Ca Talans” organizado por el Casal de Catalunya. Paraná, junio de 2005. Idem en junio de 2006. Idem, en el género Cuento, junio de 2006. Primer Premio Literario, género Poesía, organizado por la SADE(Sociedad Argentina de Escritores, Filial Paraná. Noviembre de 2006. Primer Premio en el XVII Salón Municipal del Poema Ilustrado. Paraná, septiembre de 2009. Ilustró: Gito Petersen. Primer Premio en Poesía en el Concurso organizado por el Casal de Catalunya de Paraná, septiembre de 2011. Primer premio en Poesía en el Concurso organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, Filial Paraná, noviembre de 2011. Primer Premio en Poesía en los Juegos Florales Nacionales 2011 “Amalia Aguilar Vidart” organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, Filial Concepción del Uruguay, diciembre de 2011. Primer premio en el Concurso Nacional organizado por E.R.A (Escritores Rafaelinos Agrupados), diciembre de 2.016. En 2.012 resultó ganador, con voto unánime del Jurado, el Premio Literario “FRAY MOCHO”, en el género Poesía, que es la mayor distinción que otorga la provincia a sus escritores. (Por razones de espacio debo omitir varios otros). Diploma de Honor a la Trayectoria Musical Honorable. Senado de la Nación Argentina.  Bs.Aires, diciembre de 2006. Reconocimiento a la Labor y Trayectoria Artística. Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Paraná. Paraná, julio de 2008. En agosto de 2.001, y en esfuerzo conjunto con las autoridades de la Universidad Nacional de Entre Ríos, organizó una gira por el litoral argentino del mundialmente conocido coro cubano “VOCAL LEO”, bajo la dirección de la Maestra cubana Corina Campos, quien estuvo alojada todo el tiempo en la casa del escritor. Hoy nos deja sus poemas, plenos de emoción y sensibilidad.
E Mail: abelnegroschaller@yahoo.com.ar

JUAN                                                                         
                            A Juan Gelman

Ocurre que hubo un Juan de pluma y seso,
un pájaro de vasta fantasía;
un Juan que sin parar, verso tras beso,
urdió de a siete leguas la poesía.

El Juan que nombre, un Juan de valentías,
se volaba la capa de los huesos
y andaba entre las luces de los días
rico de maresnubes y regresos.

Y fue este un Juan tan empalabrecido,
tan vésrico en gotán como en ausencias
que a todos nos resulta conocido:
una alarma de piel y de conciencia,
un sitio donde estar sin ser vencido,
la Vida, haciendo un acto de presencia.


SAGA DE HIERRO (TRÍPTICO)

1)
Agudo miriñaque entre los pastos
hiende las quietas soledades frías,
sobre designios de la geometría
monótono le cruje el duro trasto.

Como enhebrando pueblos en el vasto
y añoso mapa de las lejanías,
con negritud bufante engulle vías
por rumbos de durmientes y balasto.

Lleva una estrella temblorosa y sola,
una pequeña mota de rezago,
que parpadeando en su furgón de cola
señala la quietud del horizonte
cuando suspenso en un humito vago,
se funde entre las sombras y los montes.

2)
Resoplando entre los sigilos del alba,
venían por los campos, humedecidos por la extendida ingenuidad del trébol.
En el andén gregario comadreaban sus horas las sencillas esperas,
y era un contento ver las estaciones claras,
llenas de ásperas manos de trato delicado,
mujeres aferradas a cestos minuciosos,
niños que a puro niño corrían mariposas con redes de sonrisas,
algún viejo bichando desde un chala, anónimo de años,
perros vagabundos detrás de cualquier gesto
con una fidelidad muy parecida al hambre;
los descifrables, apacibles modos
de un regocijo que el pueblo hacía suyo                   
por obra y gracia de la soledad y de los mapas.

Después, en una diáspora de augurios y vapores,
la voz de la campana urgía los pañuelos.
Sobre el temblor overo de algún carro,
un par de adioses largos se sacaba despacio los abrojos.

3)
Hay que verlos allí, en medio de un páramo de olvido,
indefensos de solemnidad y herrumbres, los aceros reumáticos y solos.
Junto a galpones que esparcen silencios y oquedades, los han llevado a morir...
¿Qué de aquel bronce tañidor de andenes,
de vidrios empañados que juntaban ahíncos de mejillas?,
¿qué del pitido largo que agitaba los brazos con recomendaciones mudas?,
¿qué del asombro de los girasoles, del espanto sesgado de las liebres
ante sus correrías de humo y panaderos,
 y aquel raudo miriñaque desflorando las ofrecidas donosuras de los campos?

Hay que verlos allí, verificarles esa postración inútil,
la luna interpelándoles los lomos, o el sol a pique sobre los vestigios rancios.
Una campana ausente desala gorriones invisibles
y el tiempo los enyuya de tristeza y hastío.
Pesados de oscuridad sin culpas, los han llevado a morir...
yacientes  desinencias del óxido y del siglo.
Sobre los pueblos que albriciaban con su paso
se abate un desánimo de estrellas
y una orfandad sin párpados se ahonda en las miradas.

Reconfortados con unos riquísimos mates el trencito prosiguió su marcha hacia el sur, para reencontrarnos con ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO. Nacido y residente en la ciudad de SANTA FE, (prov. de SANTA FE) (12 de enero de 1951). Como Dr. Contador Público Nacional (1975) y Magíster en Dirección de Empresas (CT – 1998), se desempeñó en la gestión privada y pública. Ejerció la docencia y cargos académicos universitarios en el Área de Administración de Organizaciones y Área de Gestión Educativa (FCE-UNL, 1972/1980 y FCE-UCSF, 1980-2000). Cultiva la narrativa, el ensayo, la crónica articulista. Prologuista de libros, conferencista, jurado y crítico literario. En Narrativa  se expresa en los géneros: realismo mágico, maravilloso, fantástico, terror, y ficción conjetural-científica y ficción conjetural-metafísica: Autor de 4 Libros de cuentos editados: Los Últimos Días (Ed. Colmegna SRL, Santa Fe, 1977), Breve Sinfonía (Ed. Colmegna SA, Santa Fe, 1990) y Doctor de Mundos  I (El Sillón de los Sueños) (Ed. Vinciguerra, SRL, C.A.B.A., 2000); y El Emperador ha muerto (Ed. Dunken SRL, C.A.B.A., 2018); 5 Breviarios Literarios editados: Breviario Literario -  Septeto ( Colección Mesa de Cuentistas – Ed. ASDE, 1996); Apocalipsis bang - Las siete Parábolas de la In-Creación (Ed. Vinciguerrra SRL, Bs. As., 1999); Los Últimos días - Tetralogía (Ed. Mundo Cultural Hispano, España, 2005); El Emperador ha muerto - Tríptico  (Colección  La Abadía, Vol. 10.  Ed. Ciudad Gótica - Rosario, 2006); y Teofanías y otros relatos (Colección 30º Aniversario SADE-Filial Santa Fe, 2006); 9 Libros de cuentos/novelas inéditos: Desde el Umbral… (2008); Nostalgias del Futuro (Antología I) (2009); El Reino de los Sueños I (2009); Nostalgias del Futuro (Antología II) (2011); Piedras (una Fábula Mitológica) (2015); Doctor de Mundos II (Visiones Extrañas) (2016); Doctor de Mundos III (Mystagogia Narrativa o el Legado de Juan) (2016); Apocalipsis Bang (2017); y Mixturas Cotidianas (2017); y 6 libros de cuentos en  desarrollo: Los Espaciales; Perdido en el Templo; Punciones Mentales; El Reino de los Sueños II,  Atila y Otros Cuentos de Abecedario; y Mundos Paralelos. Como Ensayista, Articulista y Prologuista, ha elaborado más de 60 artículos  (éditos e inéditos). Premiado en más de 60  Certámenes Literarios (locales, regionales, nacionales e internacionales). Usuario-colaborador en más de 40 Magazins virtuales locales (Ceres, María Juana, Laguna Paiva, Rafaela, Santo Tomé, Santa Fe), nacionales (Bahía Blanca, Buenos Aires, Córdoba, La Pampa, Mar del Plata, Mendoza, San Luis, etc.)  e internacionales (Canadá, Colombia, USA, Uruguay, México, Venezuela, Italia, Marruecos, España y Bosnia) y 21 Suplementos Culturales locales (Santa Fe), regionales, nacionales  e internacionales (México), en los  Diarios “Época” y “El Litoral” (Corrientes); “La Opinión (Rafaela - Provincia de Santa Fe-Argentina), y “El Litoral”, “La Provincia” y “Diario Uno” (Santa Fe-Argentina); así como en las Revistas Literarias Gráficas: TIERRAS PLANAS de Ceres (Provincia de Santa Fe-Argentina); “CLARABOYA” de Coronda (Provincia de Santa Fe-Argentina); LA SABIA LUCIÉRNAGA” - Área de Cultura, Comuna de María Juana (Provincia de Santa Fe-Argentina), BANCO CLUB, ROTARY CLUB SANTA FE, PLEAMAR, LA GACETA LITERARIA DE SANTA FE, VOCES y TRAZAS (UNIVERSIDAD CATOLICA DE SANTA FE); y SUELO SANTAFESINO (Subsecretaría de Cultura de la Provincia), Santa Fe (Argentina); MILENIUM y NUEVOMUNDO (Ia. y IIa. Etapa), Buenos Aires (Argentina); ACALAN - UNIVERSIDAD DEL CARMEN, Estado de Campeche (México); DECIRES de Cosquín (Provincia de Córdoba-Argentina); TERCER MILENIO EN LA CULTURA de Rosario (Provincia de Santa Fe--Argentina); y DIOGEN PROKULTURA (Bosnia). La labor de Jurado de eventos literarios y presentador de libros la desarrolla en la región noreste del país. Asimismo, condujo durante 8 años (1979-1987) junto al escritor santafesino, Edgardo A. Pesante (1932-1988) el Programa “Acontecer Literario” (Radio Nacional Santa Fe-Argentina. Es miembro de numerosas entidades y foros culturales, nacionales e internacionales. Nos trae hoy dos cuentos.


CIELOS ROJOS, CIELOS AZULES…

 Con devoción, a la infinita Misericordia de Dios, y a los que asumen al dolor, como medida del Amor. En especial, A Quien el séptimo día -cosmogónico- descansó,  y al tercer día- real y cosmológico- resucitó…

… Abrazados por la taumaturgia de  la  imaginación, los sueños y las  realidades deletreadas por el Maná de la Palabra, en tórrida  alianza con este Estío  Santafesino que embriaga y sofoca, ora luminoso, ora  esperanzado., ora tormentoso y rumoreado por lluvias y gotas de rocío resbaladas al alba, hacia el maduro rostro de estas tierras fértiles entretejidas por murmurantes  lagunas y ríos cerveceros y camalotales...Rumbo a la Pascua y su Otoño despojado de verdes e inundado por veredas húmedas y  ocres…

 “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor – (Jn. 15-9,11).-

   El anciano Ilusionista, alisó con suavidad su barba eterna y, tomando posesión del ambón que se alzaba a la derecha del estrado del Último Teatro de la Ciudad, hizo un ademán elegante para que la música de los coros -¿celestiales?- envolviera de luz y cálidos sonidos al gigantesco polo escenográfico; y luego, con experimentada destreza, destrabó su lengua de siglos, milenios y eones, y leyó como un susurro, el Introito a la Obra que, en este preciso instante, acababa de dar comienzo pero aún sin actores en escena. Susurró…

   Ya Madre con Juan. Ahora Nazareno con niña.
   Está colgado. Y duele mucho.
   Una gota de agua abre su costado, y cae sobre la piedra maciza del monte. A sus pies, de entre las rocas, nace una niña. Golpea sobre su frente pequeña, inmaculada, el último espesor de sangre brotado de la herida abierta. Y llora. La niña llora ferozmente, y lo mira. El pecho abierto duele mucho.
   La niña llora aún más fuertemente. No sabe que si baja a socorrerla, morirá. Que si baja del madero, todo Pecado, la matará. Deja que llore. El pecho herido, duele mucho. La cabeza horadada, duele mucho. Y los brazos y las piernas y el cuerpo todo, duelen mucho.
   No puede bajarse de la cruz. Por su bien, no puede hacerlo ahora.  Cuando crezca, fuerte y bella, anchos sus pulmones, comprenderá en Espíritu a su Padre, y a su Hijo, un Nazareno con niña…

     Después el emérito Demiurgo agregó, con una sentencia por muchos de los espectadores conocida: “El que pueda entender que entienda”. Y se esfumó en una cortina de humo como de incienso, que difuminó su augusta figura y la trasfiguró en una de las tantas volutas con que la niebla del Primer Viernes envolvió al Mundo de lo Creado…

   Ahora, los actores en escena. Ahora, finalmente, el ocaso mesiánico tan temido como esperado había llegado… (Y un clamor, como de un millón de voces de ángeles ahogados, partió de las Gradas y Plateas de la sala demiúrgica. Rugió y estalló, aquel Viernes, como los relámpagos y truenos que provoca una tormenta otoñal, florecidos en la corona de nubes oscuras que envolvía el patíbulo, como a las tres de la tarde…).

   “Se está muriendo”, dijeron ellos.
   “Me estoy muriendo”, dijo él. Y, después de un suspiro prolongado, alguien o algo lo despeñó hasta el fondo de un pozo negro y vítreo, que solo tuvo fin en los incandescentes campos encarnados de un cielo rojo y febril. Una profunda marea de sangre y luto se mezclaban en los ocultos alaridos de aquellas manos que intentaron, de pronto, salvajemente, asirse de las suyas cuando todavía no habían tocado la superficie de aquel océano de sangre. Un súbito pavor le devoró las entrañas, pero pasó rápido. Y supo lo que debía hacer, y cómo hacerlo. Pendido como un títere hacia los sin limites subterráneos de aquel pozo negro, hizo crecer en ramas y ramitas y sarmientos a cada una de las espinas que formaban la corona sujeta a su cabeza hasta los huesos del cráneo atribulado. Creció así de esa corona de espinas un inmenso árbol, donde una por una, aquellas manos se clavaron, espina con espina, suplicando ser asidas para escapar, de ese modo, con él, hacia lo alto…

   Y así fue. Un racimo de manos y de almas en llanto pero gozosas, fue elevada con esfuerzo sobrenatural hacia lo alto, y el que había sido arrebatado hasta sus profundidades, emergió nuevamente hacia las luces del amanecer del tercer día, en las serenas aguas de un cielo, ahora azul celeste… El remanso de aquel cielo limpió y sanó las heridas de aquellas manos, de aquellas almas, dando cumplimiento a la profecía: “… descendió a los infiernos y, al tercer día, resucitó de entre los muertos”.
   Nada de eso vieron las mujeres aquéllas cuando, frente a su esbelta figura resucitada, buscaron entre los muertos al que estaba vivo…

   Entonces, el inmenso Coliseo estalló en aplausos. El Gran Ilusionista, de pie en el centro del escenario mayor, reclinó levemente su torso, y luego, con ademán educado, condujo esos aplausos hacia la magra figura del Cristo que había encarnado tan durísima experiencia.-



LA LLUVIA Y EL MAR

A Cris Fernández, generosa amiga en las letras  y hermana en la Fe y Humanidad, y Director Editorial del Magazin virtual LETRAS EN EL ANDÉN (La Pampa, Argentina), y por su digno intermedio a sus dilectos usuarios colaboradores…

En especial, al prolífico y prestigioso narrador rafaelino, Ángel Balzarino, reciente viajero inesperado al Cielo de los Escritores. In memoriam....

Convocados todos por el Maná de la Palabra y en nuestro peregrinar por el desierto del caos y hacia el oasis de la imaginación creadora: nombrando paisajes y memorias ficcionadas que anidan en nuestro corazón, junto al mar…

Con gran con afecto admirativo…


   La lluvia y el mar. El mar y la lluvia. La lluvia sobre el mar. El mar bajo la lluvia. La lluvia, nostalgia en movimiento. El mar, melancolía en calma. Atardece. Un resto de crepúsculo se despereza sobre la línea del horizonte como el filo de un cuchillo.
   Cuchillo herrumbrado en lluvia culposa acunada en mar plomizo y uruguayo pautado como despedida, en clave de turístico amorío. Cuchillo que penetra -pincelada de púrpura ardiente- el mestizaje marítimo que se aplana sobre la playa muda de voces y de sol, entretejido bajo aquellos faroles costaneros prontos a encenderse.
   Cuchillo herrumbrado por la lluvia y el mar. Ocre… Un cuchillo atardecido y difuminado artero como el humo grueso del habano que aspiro ahora, lentamente, aunque mi Cuba esté lejos… Humo de habano masticado esfumándose entre mis manos cetrinas, aunque mi Cuba siga lejos… Tan lejos… Un cuchillo que da forma a mi pena despuntada en el brillo plomizo y charrúa del mar de Piriápolis, mestizado en su océano Atlántico por las aguas sepias del Río de la Plata.

   Pero no estoy en Cuba; aturdido por los hechos, me repito en silencio el poema 19 de Neruda con el que la hube estremecido después de nuestro furtivo encuentro en aquel cuarto afrancesado del Argentino, y sigo asomado hacia aquella estrecha bahía, oteándola ahora desde el confortable habitáculo de un Nissan alquilado como absorto turista en solitario impasse –vuelto ausencia imprevista- y detenido, sin saber qué hacer, en esa falsa copia de costanera almeriense que se contorneaba como un serpiente en sus siete kilómetros de playa, animando de arena a una diminuta pero activa villa marinera de aguas mixturadas y poco profundas…

   Y cuando decido bajar del auto y bendecirme con aquella garúa fina y sincrónica como una letanía gregoriana, observo sin obstáculo alguno a esa mezcla difusa, ora verdosa, ora marrón, ora cenicienta, mas ah/ora plomiza por la fuga cada vez más cierta del sol en el paisaje, ligando el infinito presente de un reciente adiós sin retorno porque ella…, ya se ha ido. Y la pena de su pérdida lucha en mi interior -en aquel lugar donde el mar es la lluvia y la lluvia es el mar, como en ningún lado- porque la nostalgia de su adiós inexorable, toma también el color verdinegro de una bahía uruguaya donde se hamaca -en calma y sin cesar- la marcada infusión de aquellas aguas salobres y yodadas...

   Sí, el mar, en calma. Y hamacándose sin cesar. También él como yo, turbado y escaseado incluso de ellos
   … De ellos… O de todos aquellos hombres que, como niños, habían anticipado en la mañana una bella alborada de estío para irrumpir -con sus juegos- en la mansa arena del gigante agridulce estacionado -como un buque más- en el puerto de Piria. Hombres y niños. O niños jugando como hombres. Y hombres jugando como niños, en un eterno Jano que parece señalar -en sus inexorables extremos- aquello de que cuando niños deseamos ser hombres y cuando hombres volver a ser niños.

   Pero ahora ellos tampoco están. Se han ido también como… o con ella. Y la nostalgia muerde mi soledad y la parte en pedacitos tan pequeños, tan efímeros y diminutos, que se tornan como unas de esas gotas de lluvia que cae sobre el mar, mientras éste las acuna –en ciega obsecuencia- con sus pies de brisa tenue y tersamente movedizos… Gotas de golpes frágiles que se arrebatan y se adhieren a los vidrios polarizados de mi auto nipón tejiendo la impronta de una colmena acuosa… Una colmena de gránulos de arena fina y de cuyos panales asoman semillas de ojos redondos brotados de sal…

   Esto, a la izquierda. A la derecha, el Gran Hotel Argentino, donde al glamour de su estirpe europea moldeada en estilo neoclásico francés, irrumpe y se acopla otro tipo de pesadumbre emparentada con la mía, pero que hinca sus raíces doradas y marmoladas, en una compleja argamasa de recuerdos viscosos unos y felices otros… Los de aquellos fundacionales años 20 enmarcados en alucinantes recortes fotográficos que cuelgan –en su sótano espacioso vuelto museo- de unas mohosas aunque pertinaces, augustas paredes vivientes para quienes el tiempo no ha existido ni existirá jamás…

   … Y todo mientras la radio del auto alquilado, susurra -sin rubor alguno y a mis espaldas- la tibia y apasionada voz de Celine Dione, pero mestizada también y de pronto como las aguas grises de aquel paisaje bucanero y cruel, al ser atravesada ásperamente -en su trino final- por el canto álgido y voraz de las gaviotas peregrinas que sobrevuelan el vacío cortinado de la lluvia sobre el mar, y sentenciando así, en el último acorde castellano de una bella canción pop: Mujer (Muchacho): “Estás sola (solo)… Estás sola (solo), otra vez”.

   (Y me siento tan vacío en ese instante como el absorto viajero isleño que soy, mirando al sureste…, mirando al sureste…, mirando al sureste…, en tanto la oblonga figura del buquebús que enfila hacia Buenos Aires para devolverla a la rústica Italia, se vuelve una gota más del mar de la lluvia y de la lluvia del mar, sin saber cómo ella le recuerda también -y a su prohibida obsesión- detrás del canto varonil de Enrico Farina, suplicando “Amore scusami”)…

Una vuelta por la Costanera, un saludo al Paraná … y seguimos la huella. Y la locomotora se dirigió hacia la capital, nuestra Reina del Plata, donde aguardaba FERNANDO SORRENTINO. Nació en la ciudad de BUENOS AIRES (8 noviembre 1942), ciudad donde reside. Es profesor de Lengua y Literatura. Obra narrativa: a) Libros de cuentos: La regresión zoológica, Buenos Aires, Editores Dos, 1969. Imperios y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972.; reedición, Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1992. El mejor de los mundos posibles, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1976. En defensa propia, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982. El rigor de las desdichas, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 1994. La Corrección de los Corderos, y otros cuentos improbables, Buenos Aires, Editorial Abismo, 2002. Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza, Barcelona, Ediciones Carena, 2005. El regreso. Y otros cuentos inquietantes, Buenos Aires, Editorial Estrada, 2005. En defensa propia / El rigor de las desdichas, Buenos Aires, Editorial Los Cuadernos de Odiseo, 2005. Biblioteca Mínima de Opinión, Santa Cruz de la Sierra, Editora Opinión, 2007. Costumbres del alcaucil, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2008. El crimen de San Alberto, Buenos Aires, Editorial Losada, 2008. El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio, Buenos Aires, Editorial Longseller, 2008. Nueva edición: El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio, Buenos Aires, Editorial Longseller, 2014. Paraguas, supersticiones y cocodrilos (Verídicas historias improbables), Veracruz (México), Instituto Literario de Veracruz, El Rinoceronte de Beatriz, 2013. Problema resuelto / Problem gelöst, edición bilingüe español/alemán, Düsseldorf, dup (Düsseldorf University Press), 2014. Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor, Madrid, Apache Libros, 2015  b) Novela: Sanitarios centenarios, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1979 reedición (muy reelaborada), Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000; reedición, Barcelona, Ediciones Carena, 2008. c) Nouvelle: Crónica costumbrista, Buenos Aires, Ediciones Pluma Alta, 1992. Reeditada con el título de Costumbres de los muertos, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1996. d) Literatura para niños y/o adolescentes: Cuentos del Mentiroso, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1978. (Faja de Honor de la S.A.D.E. [Sociedad Argentina de Escritores]); reedición (con modificaciones), Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002,; nueva reedición (con nuevas modificaciones), Buenos Aires, Cántaro, 2012. El remedio para el rey ciego, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1984. El Mentiroso entre guapos y compadritos, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1994. La recompensa del príncipe, Buenos Aires, Editorial Stella, 1995. Historias de María Sapa y Fortunato, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1995 (Premio Fantasía Infantil 1996); reedición: Ediciones Santillana, 2001. El Mentiroso contra las Avispas Imperiales, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1997. La venganza del muerto, Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 1997. El que se enoja, pierde, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1999. Aventuras del capitán Bancalari, Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 1999. Cuentos de don Jorge Sahlame, Buenos Aires, Ediciones Santillana, 2001. El Viejo que Todo lo Sabe, Buenos Aires, Ediciones Santillana, 2001. Burladores burlados, Buenos Aires, Editorial Crecer Creando, 2006. La venganza del muerto [edición ampliada, contiene cinco cuentos: Historia de María Sapa; Relato de mis travesuras; La fortuna de Fortunato; Hombre de recursos; La venganza del muerto,], Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2011. ENSAYOS: El forajido sentimental. Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Editorial Losada, 2011. Entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Editorial Casa Pardo, 1974; reedición (con notas revisadas y actualizadas), Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1996,; nueva reedición, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 2001; reedición, Buenos Aires, Editorial Losada, 2007. Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1992; reedición, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 2001; reedición, Buenos Aires, Editorial Losada, 2007. Conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Editorial Losada, 2017. [Selección de las opiniones de Borges organizadas en nueve temas: “Geografías”, “Astucias literarias”, “Tango”, “Política”, “Colegas argentinos”, “Deportes”, “Escritores españoles”, “Dante Alighieri” y “Trabajos y bibliotecas”. Volumen de tapa dura, profusamente ilustrado por Huadi (Hugo Alberto Díaz) con caricaturas a todo color.]. COMPILADOR de nueve antologías. Tiene TRADUCCIONES de catorce Libros de Ficción (inglés, portugués, alemán, tamil, italiano, persa) y  once de Libros de Entrevistas (inglés. italiano, húngaro, chino, rumano, portugués, búlgaro). Como verán es un alma inquieta y muy trabajadora. Que hoy nos acerca uno de sus cuentos, pleno de humor ácido e irónico.

UN VECINO TONTO

Mi vecino de piso es un hombre tonto. Yo, en cambio, soy ocurrente y gracioso. Los demás ejecutivos de nuestra empresa —una empresa líder en su área— siempre se divierten conmigo. Con mi vecino, que es tonto, no se podrían divertir.
Cuando me instalé en mi semipiso —tengo un semipiso en la avenida del Libertador, amueblado a todo confort, un semipiso a nivel ejecutivo—, cuando me instalé en mi semipiso, decía, encontré al vecino tonto en el ascensor, y en seguida pensé: “Este hombre es un tonto”. Me di cuenta de que era un tonto porque yo soy en extremo sagaz. Además, tenía cara de tonto. Contrastando abiertamente con el suyo, mi aspecto es despejado, aspecto de persona dinámica, inteligente, capaz, con personalidad agradable, con imagen ganadora. Me causaron gracia su frente estrecha, sus ojos aletargados, su nariz ancha, su labio inferior caído, su cuello voluminoso: todo lo cual se resumía en una imagen mediocre, sin perspectivas de futuro, sin ansias de progreso; una imagen de hombre tonto, en suma. En el espejo del ascensor comparé su exterior de hombre tonto con el mío de persona dinámica: la comparación resultó decididamente favorable para la persona dinámica. Admiré una vez más mis rasgos agudos, mis ojos vivaces, mi nariz afilada: las facciones típicas del hombre de talento. Además, en nuestra empresa, mi elegancia es proverbial: soy alto y delgado, y estoy siempre perfectamente peinado, afeitado y perfumado. Mi vecino tonto es bajo y gordo, lo que le da un marcado parecido con un barril; tiene el pelo mal cortado y la barba a medio crecer. Yo visto impecablemente —a nivel empresarial— gracias al exquisito gusto que me caracteriza. Para no herir mi sensibilidad, prefiero abstenerme de describir la vestimenta del vecino tonto. El hecho de que el vecino tonto se precipitara, reconociendo jerarquías, a abrirme la puerta del ascensor, no logró, sin embargo, conmoverme.
Al instante advertí que el vecino tonto quería entablar conversación mientras subíamos en el ascensor (en Inglaterra al ascensor le dicen lift, y en los Estados Unidos, elevator, o viceversa, no recuerdo bien: en nuestra empresa paso a veces largas horas estudiando este problema filosófico con el ejecutivo senior de Planificación). Pero su tema, como podía esperarse, no fue éste: fue el tema propio de un hombre tonto. Me dijo que el calor se había venido con todo y que, si a la noche no llovía, él no sabía qué podía pasar mañana. Yo, como soy tan chistoso, le seguí la corriente —para utilizar una expresión un tanto vulgar, impropia del ámbito empresarial—. Para divertirme, en vez de hacerle una detallada descripción de mi aparato de aire acondicionado —como hubiera sido lógico—, le informé que yo tenía un método infalible para saber cuándo llovería, y lo apabullé diciéndole que esa noche no caería una gota. Mi vecino es tan tonto, que me creyó al pie de la letra. Sin embargo, su timidez de hombre sin dinamismo le impidió preguntarme cuál era el método. Por otra parte, ya habíamos llegado a nuestro piso.
Desde entonces empecé a divertirme en grande con el vecino tonto. Los ejecutivos necesitamos estas expansiones para despejarnos la mente de la intensa tarea intelectual que desarrollamos en la empresa. Cada día yo inventaba una mentira. Mi vecino —justamente por ser tan tonto— es del todo crédulo.
Por ejemplo, le hice creer que yo era coronel. En realidad soy ejecutivo de una de las más prestigiosas empresas —una empresa líder en su área— dedicadas a la producción, promoción y venta de maníes, lupines, pochoclo y garapiñada. No le quise decir la verdad porque soy modesto y también porque soy gracioso. Además, hay otro problema. Mi vecino tonto vende diarios y revistas en la estación Primera Junta del subte A y tiene que trabajar hasta la una de la tarde inclusive para poder mantener su semipiso con vista al río (una vista apropiada para un hombre tonto: el río lo único que tiene en su interior es agua). Por esta razón yo tenía miedo de que me pidiera un puesto de ordenanza. Y la verdad es que no se lo quiero dar: primero, porque nuestra empresa —una empresa líder en su área— está en plan de racionamiento administrativo; segundo, porque es tonto. Además, no tengo confianza con el jefe de personal. Por otra parte, poseo muchos intereses en nuestra empresa y debo cuidarlos: no por nada trabajo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche para mantener mi semipiso al contrafrente. De modo que —volviendo al hilo de mi relato— el vecino tonto, cada vez que me ve, me saluda diciéndome: “¡Buenas noches, coronel! ¿Cómo está usted, coronel?” (si es de mañana, me dice “¡Buenos días!”, y, si es de tarde, “¡Buenas tardes!”). Me agrada ese merecido respeto que me demuestra el vecino tonto. Yo suelo contestarle con pocas palabras, dichas en un tono cortante y seco, como corresponde a un coronel. En la primera época, al vecino tonto le interesaban los temas militares y me volvía loco a preguntas. Yo al instante inventaba respuestas con el ingenio que me es inherente, con la rapidez de pensamiento que me llevó a ocupar el puesto de gerente de marketing en una empresa líder en su área. Al principio, me preocupaba por darles a mis respuestas ciertos visos de verosimilitud; luego, cuando advertí que mi vecino era insuperablemente tonto, le decía el primer disparate que se me ocurría.
El vecino tonto me admira, siempre quiere quedar bien conmigo. Un domingo nos invitó a almorzar. Aceptamos porque el presidente del directorio se olvidó de hacernos llegar la invitación para el asado criollo que daba en su quinta. Mi señora en seguida se dio cuenta de que la mujer del vecino tonto también es tonta. Mientras que Gepeta, mi señora, soluciona habitualmente el problema alimentación a nivel salchichas alemanas y huevos duros —lo que denota un espíritu práctico y dinámico—, María del Carmen —¿habráse visto nombre tan tonto?—, la mujer del vecino tonto, cocina ese tipo de complicados manjares a nivel ollas, sartenes y asaderas, para agasajar de este modo a mi vecino, que, como es tonto y, por ende, rudimentario en sus gustos, otorga gran importancia a los placeres a nivel almuerzo y cena.
Para esa ocasión había preparado antipasto, ravioles caseros, pollo al horno y una torta de cerezas. Mi pasión por la verdad no me deja mentir: debo confesar, en honor de la mujer del vecino tonto, que aquellos platos estaban deliciosos. Lástima que Gepeta y yo los estropeamos echándoles azúcar y canela a los tres primeros, y sal y pimienta al postre. El asombro y la admiración que demostraron los vecinos tontos compensaron generosamente la repugnancia que nos causaron los platos así condimentados. Para perfeccionar mi gracia, les expliqué que en Alemania, donde yo había seguido cursos de logística, se come de esa manera porque es el único medio eficaz para no enfermar del hígado. El vecino tonto me miraba como a un ídolo. Su mujer vería en mí al anhelado príncipe azul de sus sueños juveniles. Pero estos vecinos son tan tontos, tan tontos, que no atinaron a imitarnos: los tontos son tan tímidos, que prefieren enfermar del hígado. En casa, mientras vomitábamos, Gepeta y yo casi reventamos de risa al pensar en la broma que les habíamos hecho a los vecinos tontos. Hasta el médico se reía a carcajadas cuando nos extendió la receta.
Un día, hojeando El maravilloso mundo de los animales (yo tengo una biblioteca importante de nogal italiano, a nivel gerencial: poseo catorce colecciones de libros encuadernados; cuando doy un cóctel para otros ejecutivos, siempre miran los lomos), se me ocurrió una idea cuya genialidad superaba inclusive a la de todas las anteriores. En cuanto me encontré con el vecino tonto, la puse en práctica. El vecino tonto tiene una pecera con agua, helechos y pececitos (batracios aún más inexpresivos y tontos que las tortugas).
—¿A usted le gustan los animales caseros? —le pregunté—. ¿Por qué no se compra un pterodáctilo?
—¿Un pterodáctilo? —preguntó a su vez el vecino tonto—. ¿Qué es un pterodáctilo?
Yo había previsto que no iba a saber qué era un pterodáctilo: los vecinos tontos no saben nada de veterinaria. Le expliqué, recurriendo a mi notable espíritu de síntesis, cuáles eran las características de un pterodáctilo.
—Yo tengo uno —agregué.
—¿No me lo podría mostrar, coronel? —los vecinos tontos suelen pedir imposibles.
—Lamentablemente, no —los coroneles no pueden dar su consentimiento así no más—. Lo haría con mucho gusto por ser usted quien me lo pide. Pero, si uno lo mira, el pterodáctilo muere de terror en el acto. Ésta es justamente una de sus características más notables: por eso son tan caros. Hay que guardarlo en una caja oscura, preferentemente de madera de ébano, y es necesario echarle la comida por una abertura, sin mirarlo.
—¿Y qué le da de comer, coronel?
—Remolachas y ranas vivas: otra cosa no come. Ahí está la caja, ¿ve?
Entreabrí un poco la puerta de mi semipiso y, desde lejos, le mostré al vecino tonto una caja que acababan de mandarme con las nuevas muestras de lupines sintéticos inarrugables que produce nuestra empresa —una empresa líder en su área—. Al vecino tonto se le iban los ojos. Naturalmente, no lo invité a pasar. Un vecino tonto no tiene nada que hacer en mi semipiso con aire acondicionado —un semipiso a nivel marketing—. Nos despedimos y me di cuenta de que el vecino tonto se había quedado con ganas de hacerme más preguntas. Los vecinos tontos son insaciables. Pero el respeto que le infunde mi sola presencia es tan grande, que no se atrevió a importunarme.
Al día siguiente quiso saber más detalles. Le di las explicaciones más descabelladas que se me ocurrieron. Todo se lo creía el vecino tonto. Una semana después le mostré el grabado de El maravilloso mundo de los animales, donde el pterodáctilo, posado sobre una roca, mira rígidamente hacia el mar. El vecino tonto quedó encantado. Nunca había visto el dibujo de un pterodáctilo: como no es culto, carece de una biblioteca de nogal italiano.
—¿Cuánto le salió el pterodáctilo suyo, coronel?
A una persona dinámica, capaz de tomar decisiones rápidas en el gerenciamiento, no puede sorprenderlo ninguna pregunta de un vecino tonto:
—El mío me salió..., espere que le diga con exactitud... Hace dos años que lo tengo... Últimamente aumentó el dólar (usted sabe que a veces el dólar aumenta). Lo pagué en el orden de los catorce mil o quince mil pesos. Pero, eso sí, mi pterodáctilo es de pedigrí.
El vecino tonto meditaba con su cara de tonto.
—También —agregué, adivinando sus pensamientos— se pueden conseguir sin pedigrí por seis o siete mil pesos
A continuación le informé que los criaban en Australia, pero que la casa exportadora estaba en Inglaterra. Los tontos se cavan su propia fosa: me pidió la dirección de la casa exportadora. Sin remordimiento alguno, en otro rasgo de humorismo genial, cumplimenté en el dorso de una de mis tarjetas de opalina sueca —tarjetas a nivel directorio— los siguientes datos:

Mr. Charles Darwin
153, Bat Street
London W.1
England

Es mi viveza la que me dicta estas ocurrencias espontáneas. Otros ejecutivos, que no tienen inteligencia rápida, se rompen la cabeza pensando y sin embargo jamás tienen ideas como las mías. Paso a analizar veloz e imparcialmente los distintos aspectos de mi invención. Por empezar, le puse como destinatario a Darwin, que —si no me falla la memoria, cosa harto difícil— fue el primero que crió pterodáctilos; además, me parece que ya murió. El nombre de la calle lo inventé: en inglés quiere decir “Murciélago Calle”; esto es muy sutil, ya que el murciélago es un insecto a nivel pterodáctilo. También inventé el número, sin pensarlo casi. London significa “Londres”; England, “Inglaterra” (Londres es una de las ciudades más grandes de Inglaterra; yo estuve allí cuatro días en un congreso de ejecutivos a nivel intercontinental; hay hippies y el tránsito circula por la izquierda).
El vecino tonto me agradeció estas últimas informaciones de carácter histórico tan efusivamente como la dirección que acababa de darle. Dijo que iba a escribir inmediatamente. Yo no podía más de la risa. Cuando se lo conté a Gepeta, nos reímos como una hora.
A veces los tontos pueden tener reacciones imprevisibles, reñidas con los más elementales principios de convivencia social y de respeto mutuo. Por las dudas y para no verme obligado a impartirle gratuitamente una lección de yudo, decidí inspeccionar durante un mes nuestras filiales de Córdoba, Mendoza y Tucumán. Cuando volviera, el tiempo transcurrido, habiendo aplacado ya la posible cólera del vecino tonto, me eximiría de castigarlo como merecía. En Córdoba, especialmente, me brindaron una recepción apoteótica, a nivel casa matriz: recuerdo que los cestos para papeles eran flamantes. Por mi parte, estuve magnífico. Me metí en todas las secciones, revisé documentos, le pegué dos o tres gritos a un jefecito aborigen y mandé cambiar la ubicación de los percheros. En el avión en que regresé me reía solo pensando en el vecino tonto.
Al cuarto día de estar en Buenos Aires, compartí el ascensor con el vecino tonto. Cautelosamente, le pregunté cómo estaba.
—Muy bien, coronel, gracias —respondió con una extraña sonrisa (extraña pero tonta, se entiende)—. Pero a usted le tengo que hacer un pequeño reproche.
En seguida calculé, de acuerdo con las reducidas dimensiones del ascensor (que paradójicamente nos nivelaba a mí y al vecino tonto en una misma velocidad de ascenso), qué clase de toma sería la más contundente para que el experto yudoka derrotara al burdo boxeador. En estos casos, a los vecinos tontos conviene sorprenderlos.
—Estaba equivocada la dirección que usted me dio, coronel.
Mirando los numeritos que se iban sucediendo en el tablero del ascensor, fingí sorpresa a nivel Otis.
—Escribí allí al 153 no sé cuánto. Me contestaron que el señor Darwin ya no vive en esa casa. La carta me la tradujo uno de mis sobrinos, el que está en cuarto comercial.
Llegamos a nuestro pasillo. Allí lo tendría a mi merced. Además, en el caso de sentir una súbita compasión hacia el vecino tonto, yo podría abrir rápidamente la puerta y reprimir mi justificada furia en mi semipiso con aire acondicionado desde donde me inclinaría a telefonear a las fuerzas del orden.
—¡Caramba! —dije, en un tono a nivel relaciones públicas—. Lo lamento. Yo creía...
—No se haga problemas, coronel. Me tuvieron medio dando vueltas, pero, al final, me mandaron la dirección verdadera. Me salió un poco caro, treinta mil pesos con flete y todo, pero es de pedigrí.
El vecino tonto se metió en su semipiso. Alcancé a ver la caja oscura, de madera de ébano. ¡Qué tonto es el vecino tonto! Tener un animal tan grande y tan molesto en plena avenida del Libertador. Mañana mismo elevaré una queja a nivel administrador. ¿A dónde iríamos a parar si dejáramos que los vecinos tontos realicen sus absurdos caprichos?
(De Imperios y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972)

Hora de regresar al pago, pues la locomotora pedía descanso. Y aquí los espero, con sus cuentos y poemas (más una minibiografía o actualización de la misma). Enviar a: letrasenelanden@gmail.com
Un abrazo!!!

CRIS FERNÁNDEZ