Editorial

(c) Diseño de portada - Paula Pappalardo



Número 78

MIS QUERIDOS PASAJEROS:

Nos reencontramos entre aires otoñales y crujir de hojas doradas (al menos en estas latitudes) para un nuevo viaje de amistad y letras. El mundo parece haber enloquecido ... sin embargo nuestro deseo de poner en negro sobre blanco las vivencias, los sentimientos, la integridad de nuestras almas ...¡sigue vigente! Alegrémonos por eso !!!!
Y sin más trámites la campana suena y la locomotora larga su humito anunciando la partida. 

Quiero hoy rendir homenaje a un grande de esta provincia, un escritor que nos ha dejado un bellísimo legado. Y me estoy refiriendo a RICARDO NERVI. Periodista, escritor, pedagogo, artista plástico, docente, en resumen, el intelectual más completo que pudo dar a luz la "Aldea Gringa" (con tal nombre definió a su localidad natal, y tituló a su última publicación de poesías dedicadas a su terruño). Nació el 19 de Agosto de 1.921 en Eduardo Castex, La Pampa y falleció el 7 de julio de 2.004 en Santa Rosa. Comenzó sus primeros poemas cuando cursaba sus estudios en la Escuela Normal de Santa Rosa, los que eran publicados en la revista que editaban los estudiantes; y allí mismo se gestó su primer libro: "Agreste". En 1942 se recibió de maestro Normal, luego estudio en la Universidad de Cuyo, en San Luis, y se graduó en 1955 como profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación. Es uno de los intelectuales más destacados que La Pampa ha dado al país y a Latinoamérica. Su obra fue reconocida tanto en el ámbito nacional como internacional. Educador, escritor, artista plástico, periodista, publicó alrededor de 50 títulos en diversos géneros y especialidades. En el campo estrictamente literario ha escrito poesía, cuento, novela, ensayo, crítica, canciones. Su obra literaria comprende: "Agreste", "Canto Lírico al General San Martín", "Canto a La Pampa'*, "Gleba", "Otra vez la Gleba", "Rastro en la sal", "Tristán y la Calandria", "Aldea Gringa". Asimismo realizó trabajos de crítica literaria y es autor de obras históricas y antropológicas. Además sus libros de cuento, su pasión por la pintura, sus artículos en el diario "La Arena" de Santa Rosa y su permanente actividad en beneficio de la cultura y la enseñanza, lo hacen lo más alto de la literatura y del arte de la provincia de La Pampa, Fue Profesor Emérito de la Universidad Nacional de La Pampa y asesor Ad Honorem del Ministerio de Cultura y Educación de la provincia. Obra inédita: Sonetangos estrambóticos y Tiempo y desvelo. Un anticipo de los sonetangos fue presentado en el 2.003 en forma de CD, realización conjunta de la Asociación Pampeana de Escritores, Fundación Colegio Médico y Cooperativa Popular de Electricidad. Donó su biblioteca personal a la Escuela Normal de Santa Rosa, lugar donde vivió hasta su muerte. Estuvo viviendo varios años en la ciudad de México (1976-1985) para evitar su detención por el gobierno militar. Murió, al estilo de los grandes, alejado de la realidad, sin saber que "La Pampa", su "Pampa", ya le había reservado lugares preponderantes en los anales de su Historia y su Literatura. Aquí les dejo algunos poemas: el más conocido (por haber sido musicalizado por Alberto Cortez) “La Pampa es un viejo mar”.

LA PAMPA ES UN VIEJO MAR

Si Usté no conoce el sur
si piensa que es el desierto,
ni sabe cómo es La Pampa
ni conoce su secreto:

¡La Pampa es un viejo mar
donde navega el silencio!

Usté que pasa y se va,
puede bajarse sin miedo,
podrá escuchar como suenan
las trutrucas del Pampero:

¡Si usté no ha estao por aquí
no sabe lo que es el viento!

Tierra para estar de pie
con las vigilias del tiempo.
A veces, entre los cardos,
se va desangrando el suelo.

¡Y un llanto de sangre y sal
le llora su río muerto!

Revísele al hachador
su caracú jornalero:
la médula de un caldén
hallará si escarba el hueso.

¡Con sus raigones de fe
son plantas mirando el cielo!


Deje que llueva nomás,
sobre este cultrún reseco;
ya verá como florecen
los surcos del chacarero:

¡Con sus muchachas en flor
el trigo se da en un beso!

Venga conmigo y seré
para siempre su aparcero;
verá un manantial de luz
en el corazón del médano.

¡La Pampa es de áspera piel,
pero jugosa por dentro!

Usté no conoce el sur
si piensa que es el desierto;
mire bien ese horizonte:
¿no ve mil barcos veleros?

¡La Pampa es un viejo mar
donde navega el silencio!


Letra: Ricardo Nervi - Música: Alberto Cortez



Yo quería cantar.
Tenía una calandria
en la garganta;
mi corazón
era el de un pájaro,
y mi voz
en la sangre
se poblaba de trinos.
                         

Yo quería volar.
Mi pecho era la quilla
de una garza,
y con plumas doradas
en las manos,
medía con los ojos
el espacio,
mi otro cielo.

Yo quería soñar.
Busqué en el Sueño
prodigiosas
alas,
la fugitiva luz
del arco-iris
para inventar espectros
desvelados
en mi oscura galaxia.

Yo quería cantar.
Volar.
Soñar.
Hartarme de Infinito,
para ser libre
de distinto modo.

Pero el necio animal
que me subyace,
Se empecinó
en ser hombre.


AQUÍ ME QUEDO

Me quedo, sí, los ojos atrapados
por esta soledad y este silencio:
mi cielo es la nostalgia de este cielo.

Me basta caminar por estas calles,
quedarme aquí sintiendo
que todo pasa menos lo que siento.

Y de pronto soy árbol. Mis raíces
son garfios en el sueño,
y es savia la que corre por mi cuerpo.

A qué partir, si no se llega nunca,
si el viaje es hacia adentro
en busca de la luz, igual que un ciego.

Esta magia pueril de ser el mismo
-adolescente, niño, joven, viejo-
es mi manera de vencer al Tiempo.

Y no me voy. Aunque me vaya siempre
para siempre me quedo
en la remota orilla del recuerdo...


CARLOS GARDEL Y ESA SONRISA....

Si te baten que ha muerto no lo creas,
es puro invento de los alacranes.
Él vive igual que ayer en sus gotanes
y ya no canta letras...canta ideas.

Su voz es un chamuyo en los zaguanes...
es el solcito que en las azoteas
se asoma a las ventanas...mil obleas
nos devuelven sus gestos y ademanes
en el espejo de los colectivos.

Que charlatán dirá que no está vivo?
Acaso no sonríe Monalisa?

Él está aquí mateando "mano a mano"
en este bulincito...es el hermano
que un frío invierno se piantó de prisa.

Si, vos dirás...fanático este punto...
y es que al mirar su foto me pregunto:
No habrá pintao Leonardo esa sonrisa?
(este poema pertenece a la serie "Sonetangos Estrambóticos")


Y ya que estábamos recordando a un pampeano, invitamos a ascender al trencito a otra escritora que ya nos ha acompañado en el Nº 57: NORA SUSANA ASTUDILLO. Nacida en la ciudad de Bahía Blanca, actualmente reside en Santa Rosa (L.P.) Comenzó a escribir a partir de su concurrencia a los talleres para Adultos Mayores de la Universidad Nacional de la Pampa, en el año 2007. Escribe cuentos de ficción y algunas obras de teatro Ha presentado sus trabajos en diferentes certámenes obteniendo muy buenos resultados. La actividad que se suma al rol de escritora, es que participa desde el 2005 en obras de teatro. Ha sido distinguida con Mención especial (género cuento) en el Certamen Internacional LAR GALLEGO de Sevilla- 2010 y Mención de honor (género teatro - monólogo) en el Certamen Internacional - Cátedra Iberoamérica CIINOE- España- 2010. Les dejo un cuento que también ha obtenido un Primer Premio en esta provincia de La Pampa, que espero disfruten. 

     
            
ANTES DEL AMANECER

Andrés les había escrito una carta muy emotiva a los reyes magos .Por lo tanto, sería el primero en recibir su regalo.
Ninguno de los tres pudo  imaginar que el niño vivía en un country, un barrio demasiado alejado para el poco tiempo que les quedaba en esa noche. Había que armarse de paciencia.
En el camino, se toparon  con  un  puesto de control. Un  señor de uniforme los detuvo para  exigirles que presentaran  sus documentos. Por suerte, uno solo lo llevaba  consigo era Melchor. Enseguida se lo revisó si llevaba  un arma en sus ropas o en  el interior de la bolsa. El guardia tenía que asegurarse que no fuese un falso rey mago.
Camino al domicilio de Andrés, una tropa de perros entrenados le salieron a su paso. Estos, no tenían otra intención que cerciorarse, si  el intruso traía buenas intenciones.
Cuando, creyó que la tranquilidad regresaba a sus pasos se encontró frente al domicilio de Andrés Al buscar por donde ingresar, unas gigantescas rejas lo detuvieron.
Al avanzar sobre el parque que envolvía  la vivienda, sus luces se encendían ante el menor respiro.
No estaba familiarizado con los dispositivos de seguridad. El provenía de un mundo diferente .Un mundo dónde el prójimo no constituía una amenaza.
Se sentó para acomodar su desilusión y, de paso secar sus lágrimas.
Un  desvelado gorrión que observaba la escena, decidió ayudarlo. Tomó con su pico el regalo y lo ingresó por la única abertura, el ventiluz del baño. ¡Qué susto se llevaron! No podían  creer que hasta el  pequeño paquete pudiese enfadar  a la imperceptible alarma.
El barrio se convulsionó. Las sirenas de los patrulleros sembraron  más  pánico. Las chicharras, aturdidas por las irritables sirenas cantaban con mayor fuerza.
No quedaba otra que disparar del lugar por temor a quedar preso.
Melchor terminó su carrera al  tropezarse  con la pared del puesto de vigilancia, en dónde esperaban sus compañeros.
¡Qué susto! No quedaba tiempo para tomarse un respiro.
Antes, que unos tenues rayos de sol se asomaran  los reyes tomaron el sobre de Matías. No se podía leer con claridad el nombre de la calle y mucho menos su número.
Opinión va, opinión viene, terminaron usando la lupa que Gaspar llevaba entre sus ropas.
Al llegar frente al domicilio, se encontraron con  un empobrecido galpón. Una cortina de arpillera oficiaba de puerta.
Unos gatos desteñidos oficiaban de portavoz de las visitas. Pero en esta oportunidad callaron.
El niño  les solicitaba desde el año anterior un carrito, pues  trabajaba por las noches, junto a su madre acopiando vidrios y cartones. De  manera, de asegurarse que no le faltase un trozo de pan y una  taza colmada de leche.
Ninguno de los tres se atrevió a responder a su  impensado pedido. Sólo depositaron en la mesa de su hogar, una nota junto a su regalo. En ella, le contaban que su visita era para mantener viva la esperanza, durante los trescientos sesenta y cinco días, de modo que la magia no se les escape de su tierna edad.
Los reyes magos se retiraron convencidos de su decisión. Jamás aceptarían que los niños trabajen. 
                    Primer Premio Certamen “LETRAS CONTRA LA DISCRIMINACIÓN”, organizado por la CPE, INADI y UNLPAM, año 2009

Y decidió la locomotora poner rumbo al norte de la provincia, para recibir a otra amiga que ya ha transitado estos caminos con nosotros en el Nº 58: ADRIANA KHOURY. Nacida en Villa Huidobro (Córdoba), cursó sus estudios primarios y secundarios en Realicó (La Pampa). Egresada en 1984 del Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Santa Rosa (La Pampa). Desde 1982 reside en HUINCA RENANCÓ (Córdoba). En 1983 ingresó en la docencia, actividad que continua desarrollando en el Ipem 141 "Dr. Dalmacio Vélez Sársfield" de Huinca Renancó. Actualmente se desempeña en tareas pasivas, da clases de apoyo a los alumnos que presentan dificultades en el aprendizaje y colabora con el gabinete psicopedagógico de la institución. Se dedica a escribir desde hace 2 años y algunos de sus trabajos resultaron finalistas de concursos literarios y fueron publicados en antologías: El Decir textual (Ed. De los cuatro vientos, 2008); Homenaje a Alfonsina Storni (Ed De los cuatro vientos, 2008) y Lunario (Ed. Dunken, 2008). Los cuentos allí publicados fueron: "El tio Enrique" (El Decir textual); "Deudor moroso" (Lunario) y "El llamado de la selva" (Homenaje a Alfonsina Storni). Aquí les dejo un cuento para que disfruten.

EL TÍO ENRIQUE
                                                                                     A mi padre, Miguel
                                                                                                                 A Marta, Rafael    
                                                                                                                 A Alicia Bach

    Mi tío Enrique era abogado, pero viajaba con frecuencia a Bagual: un pueblito perdido en la provincia de San Luis, para atender La Chacra y El Morajù,  los campos heredados de mi abuelo, Don Masud. El pueblo tiene una escuelita, una iglesia, unas pocas casas dispersas; calles de tierra, una placita con un tobogán y hamacas solitarias que balancea el viento seco.
   Sin embargo, mi tío amaba a Bagual. La casa paterna, descascarada por los años y el abandono, estaba rodeada de maleza y se parecía más a una tapera que a una vivienda decente. En los días de lluvia, el agua penetraba por los agujeros del techo y las habitaciones se llenaban de baldes para evitar que se inundaran; las ropas y los muebles permanecían con el olor penetrante a humedad por largas semanas. La cama matrimonial debía ser corrida de lugar cada vez que llegaba una tormenta porque siempre aparecía una gotera nueva para estrenar. Durante los veranos calientes salían de los matorrales todo tipo de alimañas para refugiase en la galería o en los rincones de alguna habitación, de manera que cuando mi tío llegaba era recibido por ratones, víboras y arañas. Pero él no se preocupaba por estas presencias desagradables; ni por reparar desperfectos caseros como canillas que goteaban, cables pelados o muebles desvencijados.
   El escritorio y el comedor eran salas amplias poco iluminadas, con pisos de madera. De las paredes colgaban débilmente cuadros familiares confundidos con el polvo y las telas de arañas. En la biblioteca, Cien años de soledad se mezclaba con La breve historia de los argentinos de Félix Luna y los diarios de sesiones del Congreso. Porque mi tío Enrique fue Diputado en la provincia de San Luis. Era radical, de la Unión Cívica Radical de Ricardo Balbín.
   Viajaba a Bagual y a la ciudad de San Luis desde Buenos Aires, y cuando la salud le empezó a flaquear lo hacía en colectivo. Sin embargo, no quiso desprenderse de su vieja camioneta F-100 gris. Con el traqueteo de las distancias recorridas y las inclemencias del tiempo, el vehículo se fue deteriorando. Los asientos se rompieron, la tierra se acumuló en el interior formando montañitas medanosas, las manchas de óxido dibujaban figuras extrañas sobre la pintura ya casi inexistente del capot, la aguja del velocímetro quedó detenida en el cero.  Las luces no funcionaban, pero como Enrique decía que no viajaba de noche no le hacían falta; los frenos, fallaban; pero él andaba despacio, para qué arreglarlos. Era una chatarra que marchaba con nafta y motor. Su hermano Miguel le compró una camioneta usada pero impecable, de color celeste, pero mi tío se ofendió con el regalo porque según él, no necesitaba auto nuevo. No hubo forma de convencerlo de que ya no podía andar en ese cascajo. Al poco tiempo, mi padre se resignó al capricho de mi tío y vendió la F-100 celeste porque Enrique prefirió seguir usando su chatarra que marchaba porque tenía nafta y un buen motor.
   Así era mi tío Enrique. Un ser adorable, infinitamente bueno; tranquilo, silencioso, de andar lento y despreocupado. Lo recuerdo vivo a pesar de que hace siete años que ya no está.

   No sé qué destino tuvo la camioneta gris. Pero, la casa de mis abuelos de Bagual es una  pila de ladrillos que en otro tiempo fueron las paredes y que hoy ya no se ven, porque los arbustos altos y espinosos transformaron  todo en un paisaje triste y desolado.
   Conservo de ese pasado relatos orales, anécdotas graciosas y tiernas, el escritorio de mi abuelo –reciclado- y varios libros que logramos rescatar entre tantas otras cosas, esquivando bandadas de murciélagos.

Publicado en la Antología  EL DECIR TEXTUAL 2008, Ed. De los cuatro vientos (2008).

Una rueda de matecitos con peperina ... unos criollitos ... y reemprendimos el viaje pues había un largo tirón hasta SALTA. Que allí nos encontraríamos con DAVID SLODKY (también fue pasajero en el Nº 44). les recuerdo sus datos: nacido en Salta, ciudad donde reside. Estudió Psicología en Córdoba, fue miembro del Equipo de Psicopatología del Hospital Clínicas y Ayudante de 1ª y luego Jefe de Trabajos Prácticos de distintas materias de la Facultad. Fue profesor en la Universidad Nacional de Salta, desde 1975 hasta 1978. Partió a España en el 79, donde trabajó en la O.E.I. y al regreso al país, fue director de la Carrera de Ciencias de la Educación de la U.N.Sa. Luego se dedica exclusivamente a la práctica privada de la Psicología, como Psicoterapeuta, participando siempre en actividades científicas y culturales. Es Académico de Número de "La senda gloriosa de la patria", una institución Güemesiana, miembro del Comité de Bioética del Colegio Médico de Salta, como psicólogo invitado. Realiza constantemente recitales poético-musicales. Libros: "Las fronteras", Ed. del Tobogán, Salta, 1993, "La senda gloriosa de la patria", 2007. Antologías de narrativa. "Metempsicosis y otros cuentos". "Si la muerte pisa mi huerto..." (novela). “Carmen Puch de Güemes. Al encuentro de la heroína", ensayo histórico, conjuntamente con el CD del "Romancero de Güemes" (recital poético musical sobre poemas de Julio César Luzzatto), Ed. Víctor Hanne, Salta, 2010. "Travesía" (cuentos), conjuntamente con CD con cuentos del autor, narrados por él mismo y musicalizados por músicos salteños, Ed. La aguja de Buffon, Tucumán, 2010. Y "Tres relatos bíblicos y otros cuentos", Ediciones El Mono Armado, Bs. As., 2011. Aquí nos deja hoy dos cuentos que forman parte de este último libro.


LA DUDA
Cuando se lo comentó, como al pasar, pudo notar el estremecimiento de ella. Esa casi imperceptible reacción lo convenció. Tenía que hacerlo.
Pidió turno en el Laboratorio, habló con el médico, le explicó casi con vergüenza la duda mortificante. ¿El resultado era infalible? No, pero le daba una seguridad de alrededor del 99%.
Con la excusa de llevar la beba a  casa de la abuela, se extrajo el material necesario.
Unos días después, con noches de insomnios y pesadillas a cuestas, volvió. El médico lo recibió con una sonrisa afable. “Puede usted estar tranquilo. Es hija suya, con 99,40% de certeza”.
Suspiró. Esa noche durmió en paz. En silencio, a solas, le pidió perdón a Dios, a su esposa, a su hijita...
A la noche siguiente, despertó sobresaltado: 0,60% no era algo imposible. Y esa sonrisa del médico, ¿era realmente afable? Miró largamente el rostro de su mujer, que dormía apaciblemente. ¡Con quién estaría soñando, con ese rostro de felicidad! Se levantó. Fue hasta el cuarto de la beba. Escrutó cada una de sus facciones. El botoncito de la nariz, los pequeños labios curvados, sus orejas diminutas y perfectas, la amplia frente despejada... ¡Por Dios, no tenía nada de él!
Entonces lo comprendió todo. Ese canalla también estaba confabulado. El aviso que encontró “casualmente” en la revista se lo había puesto ella misma bajo sus narices, para que lo consultara, sabedora perversa de la duda que lo devastaba. ¡Entonces, ese “científico” era otro más de los tantos con los que ella se revolcaba! ¡Puta de mierda! ¡No le bastaba con el vecino, con el Rector del Colegio de los chicos, con su primo “tan afable”!
Un convulsivo acceso de llanto lo desmoronó. ¡No permitiría que se burlen así de él!
Buscó nerviosamente en la cómoda, debajo de sus piyamas y camisetas de invierno. Lo empuñó, reluciente. Hizo girar el tambor. Un ligero temblor lo sacudió.

EL PASEO

Fueron caminando por las vías. Partieron desde donde alguna vez estuvo la vieja estación (ahora es sólo un dibujo en la pared que la evoca, una locomotora a vapor como homenaje). Cuando chiquilín venía con sus hermanos y primos a la hora en que llegaba el tren, apostaban cuántos vagones traía y el que ganaba podía darles un puntapié a cada uno de los perdedores.
Con su mujer y sus dos pequeños hijos de nueve y seis años, habían regresado hacía poco de un largo exilio y el padre quería mostrarles los territorios de su niñez, darle un lugar a la nostalgia, reconstruir su memoria, proyectarse en ellos.
El pueblo había sido el lugar de veraneo familiar en su infancia, cuando el médico recomendara que los pulmones delicados del hijo menor necesitaban el aire puro de la montaña.  Allá, en el portal de los Andes, con el verdor todavía exuberante del Valle de Lerma, habían saboreado el verano año tras año, alquilando una casita, y el padre recordaba ahora el olor untoso del matadero donde juntaban las orejas de los animales sacrificados, donde miraban con ojos enormemente abiertos los hombres que bebían la sangre caliente de los toros recién degollados, donde se las ingeniaban para robarse las vejigas inflándolas luego para jugar al fútbol entre gritos salvajes, mimetizados con el primitivo ritual;  rememoraba el bañarse alegre y temerariamente en los canales que llevaban las turbias aguas del Toro, a veces las cristalinas del Blanco, hasta el remanso de esa especie de garita kilómetros abajo, desde donde bajaban precipitadamente por un tobogán hacia las turbinas de la usina; evocaba entonces el mareo que le producían esas aguas vertiginosas, el temor y la atracción de caer en ellas. ¡Cuántos deleitosos miedos se asociaban a cada uno de los lugares, de los olores, de los colores de ese privilegiado lugar de los valles de su infancia! Como mirar tapándose los ojos, pero dejando un resquicio para seguir aterrándose con ese extraño goce que provocan las películas de miedo.

A menos de un kilómetro de caminar, las vías son bordeadas a su derecha por un cerro. El hombre divisa a la izquierda lo que resta de la represa misteriosa de sus estadías veraniegas: está seca. Mira los caranchos que sobrevuelan el hoy árido terreno; recuerda la comadreja muerta, flotando en las aguas, que lo estremeciera tantos años atrás. Observa las inútiles manivelas que comandan las compuertas ya inexistentes, semejando timones de barcos abandonados. Allí jugaban,  allí los Tigres de Mompracem, Sandokan y Yánez, maniobraban las intrépidas naves. Se ven todavía los canales que desembocaban en el estanque, en los que se bañaba cuando muy pequeño agarrado de las manos de su madre, siempre temeroso de que alguna súbita correntada lo arrastrara hacia el fondo barroso y enramado del embalse. “¡Pero no, si te estoy cuidando, nada te va a pasar!” –lo reconvenía amorosamente la sonriente matrona.
 “Por acá me llevaba a cococho mi papá” –les dice mientras avanzan por las vías y siguen alejándose del pueblo.
“¿Te llevaba a qué...?” –pregunta el mayor de los hijos.
“Sobre los hombros, a babucha. Acá le decimos cococho” –responde el padre, contento de participar a sus hijos uno de sus remotos códigos. Con una distendida sonrisa les cuenta que el abuelo siempre recordaba que en una de esas incursiones, un desagradable olor le advirtió que su pequeño había depositado sobre su cuello un fecal obsequio, mientras repetía “nene caca”. Los chicos ríen. Su mujer lo abraza. “Cagón” –lo zahiere.
“Hablando de ‘cagón’ -dice el hombre- ¡qué miedo me daba cuando mi padre me azuzaba para que cruce con él este puente!”
Habían llegado al primer puente ferroviario que cruza  el Toro, en el inicio de la quebrada. Abajo corre crecido el río, arremolinando sus marrones y fragorosas aguas por el encajonamiento que producen las columnas de piedra del puente carretero, metros más allá.
“¡Vamos, lo crucemos, ya no pasan trenes por estas vías!” –los anima ante el gesto de duda de los niños. “Ni ferrocarriles dejaron en este país.”
Comienzan a caminar por los durmientes. ¡Otra vez el vértigo placentero, ahora compartido con sus hijos! Entre travesaño y travesaño, las rumorosas aguas que se ven allá abajo marean levemente. Avizora una de las hermosas casonas del callejón de Río Blanco. ¿Estará todavía esa tenebrosa capilla de aires góticos, que poblara de temores nocturnos sus sueños infantiles? ¿Florecerán todavía esas majestuosas bella-hortensias rosadas y violáceas? ¿Estarán tapizados de musgos los enrojecidos ceibos? ¿Azularán las campanillas los bordes del camino? ¡Les hará con ellas collares a los hijos, como le hiciera tiempo allá su hermana, cada temporada!
A la mitad del puente, siente el lejano bisbiseo de un motor. Mira el camino que remonta hacia los Andes, buscando divisar el camión que seguramente  produce ese ruido en la subida.
La locomotora aparece de golpe desde la curva. Ve el gesto de terror que paraliza a sus hijos. Trata desesperadamente de aferrarlos.
El grito desgarrador de la madre tapa el poderoso silbato.

Con la calidez que los caracteriza los amigos salteños nos agasajaron muy bien: deliciosas empanadas y un buen torrontés de Cafayate, mientras cantábamos algunas zambitas. No se extrañen si les digo que no daban ganas de partir!! Pero el avión esperaba para llevarnos hasta nuestro último y joven pasajero quien nos esperaba en COLOMBIA: ANDRÉS BARBOSA VIVAS quien vive en BOGOTÁ. Licenciado en Ciencias Sociales, de la Universidad Pedagógica Nacional y miembro de la Red Nacional de Estudiantes de Literatura. Ha participado en el Festival de Poesía de Bogotá y en los Juegos Florales de Manizales; sus poemas han aparecido en publicaciones como el periódico “La patria” y la “Biblioteca Virtual Brisa”. Es autor de los libros “Desdóblate Silencio” y “La Desmesura”. Aquí nos deja poemas para disfrutar.

EN LA CALIDEZ DE CASA

                                               A Fredy Estrada

 Al trasluz de la ventana

cuando el día da los primeros pasos

estás tú hablando

y el pájaro que llora en la jaula

vuela cuando cierro los ojos.


Me cuentas los recuerdos

de la parcela de vida que no he recorrido

y nadan en la desmemoria

como peces

que nacen del verbo que fue de tus labios.


Entre sombras

te pareces a mi padre,

a mi madre,

a alguien que conocí pero no recuerdo

en la noche que pasaba el tiempo

viendo figuras en las paredes.


Hablemos hasta el amanecer

el día no transcurrirá como siempre

vamos a beber a la frontera

las palabras no serán dichas en vano

ni pesará tanto la vida ante la muerte.    


QUERENCIA

¿Quién susurra tras las paredes?
¿en qué garganta se atropellan los suspiros
en algún lugar de la sala?
¿qué mejilla dibuja una lágrima
con color de alma cuando llega la tristeza,
azules escamas cuando se instala la nostalgia
serpenteando en el ron que se derrama en las paredes?,
¿quién bebe su suavidad cálida?

La beben los gritos que en la noche
llaman con clamores las almas solitarias,
los ganchos sin ropa la beben
y reconocen su levedad en las noches embriagadas.

¿Quién añora tras las paredes,
tras el libro abierto que recibe sus lágrimas
como el suelo la hojarasca del árbol que languidece con los roces del tiempo?
¿quién tiene miedo de llevar su dolor hasta mañana
como el lío más pesado trasegando por el sueño
con la espalda corva y los zapatos que apenas arrastra?

Quien tiene miedo de la vida solitaria
y procura los saludos que ama
que ama la música que crece y estride en diferentes flancos
las fragancias del incienso y la marihuana
las conversaciones a medios oídos
los desnudos, tras la ventana
la tos que comparte cuando enferma, cual sueños que contagia
las tristezas, las alegrías
los cuerpos cuando se hablan;
a todos vosotros ama quien lloraba
y anhela compartir con vosotros el momento
en que a su lecho llegue la parca.
                                      De su libro “DESDÓBLATE SILENCIO”

DE OBSIDIANA

Vengo de la tierra mordida por los perros,
de las conspiraciones y los oprobios,
del frío plomizo sobre toda la existencia
de la selva sabia y guerrera
al caos similar de las calles.

Vengo de las luchas intestinas,
no el feto desechado de la guerra,
el enfermizo impulso muscular por acrecentarse
y cómo a esta alma de acero le hablan las cosas elementales
le cuentan sus secretos
unas desarrollaron espinas ante la barbarie;
otras, bellos colores;
yo desarrollé mi silencio,
la capacidad mental,
la explosividad incesante que imprimo en cada uno de mis actos.

Soy de un material antiguo, probado por los sabios
vengo del fondo de la Tierra, me forjó la tristeza
soy la santificación del dolor
mantente conmigo hasta el final y te daré un secreto
sólo a los más altos los revelo
mi alma es verde y doy visos negros.
OH. FELACIÓN

Es morena y delgada
como una reina del Antiguo Egipto.
Su cuerpo
recubría una faldita;
se ha quedado con sus botas largas
de tacón puntudo
y medias de hilo negras,
una blusa negra y sus senos
tan pronunciados.
Lleva el cabello recogido
con un caimán;
tiene rostro oriental,
una joya en el labio superior y otra en la lengua
y ahí yo.

Es tan fuerte
tan fogosa
consigue cuanto quiere
dentelladas y su cabello
su rostro nítido
sus labios tiernos.
Dientes. Roces con la lengua
y su joya.
Un águila de hielo
mira hacia el cielo
cerrando los ojos
nombres
los gemidos salen de la violencia.
¡Tanta
fuerza!
¡el sudor
me llega hasta las piernas!
¡y los temblores!
¡y el aroma de nuestros cuerpos
que llena la pieza!
RELATO ERÓTICO
Sucedió en un bus atestado de gente.
Llegaste
dándome la espalda
perfecta arquitectura
sabia de límites
ni mucho
ni poco
apenas lo necesario
apenas
para mí.
Muchacha
como me la recomendó el doctor, me dijo
Andrés
necesitas una
que no te diseccione el corazón con un cuerpo de cuchillo.
Apenas
bello cuerpo
al estilo de Tomb Raider.
Salen de mi cuerpo
olores naturales
de placer y vida, como palabras
de fogata y whisky en tu oído;
llevas la nariz a tu axila, pero son mis palabras
apenas para tener los hijos que la humanidad necesita;
mis palabras
al destaparse mi vida bohemia
mi residencia en la adolescencia
mi soledad;
en verdad
es necesario decirlas
el computador
de la mamá de un amigo
cambia el cursor automáticamente ante ciertas palabras
yo no sé…
(y ahora no puedo dictarle sin que me de risa).
Hay que decirlas
así pues, decirte
que tienes encallado en el cielo
un culo como Dios manda.
                                             De su libro “LA DESMESURA”

La locomotora se puso jaranera y junto con la maquinista se bailaron todo. Así que cansaditas ambas el trencito emprendió el regreso. Y aquí estamos de vuelta al pago aguardando, como siempre, vuesta colaboración literaria (más una minibiografía) en: millaco@ciudad.com.ar
Con un fuerte abrazo les digo ...¡¡hasta la próxima!!

                        CRIS FERNÁNDEZ

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