Editorial

(c) Diseño de portada - Paula Pappalardo



Número 163

 PASAJEROS AL TREN!!!!!

 

El mundo sigue complicado … y también nuestras vidas. Pero si nos dejamos ganar por el stress, la desesperanza, la depresión, nada se soluciona. Es necesario enfrentar los nuevos desafíos y el nuevo estilo de vida al que esta pandemia nos obliga. Por eso el trencito sigue firme en el camino de acercar letras y lectores, que es una forma de seguir comunicados y conectados.

Y sin más preámbulos comenzamos este viaje.

 

Sonó la campana, la locomotora humeó y partimos rumbo a la cordillera, para recibir a un entrañable amigo que nos aguardaba en la bella Catamarca: CÉSAR NORIEGA nació en La Merced, Prov. de CATAMARCA, en 1960 y reside en San Fernando del Valle de Catamarca. Docente universitario. Autor de los libros “Lapacho florido y otros cuentos” (2000).  “Caricatura del tiempo” (2004) y “Las últimas noticias de Martha” (2012). Esta Novela ha recibido el Primer Premio en el certamen PREMIOS TRIENALES DE LITERATURA, (rubro Novela) por parte la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de San Fernando del Valle de Catamarca (Año 2012). Integrante de la SADE Filial Catamarca y del grupo literario “La Cueva”. Ex integrante del Equipo Docente del Plan Nacional de Lectura mediante el cual participó de la Antología LEER LA ARGENTINA (NOA) Ministerio de Educación Ciencia y Tecnología de la Nación (EUDEBA 2005).

E Mail: cesarnoriega42@gmail.com   

 

JUAN, EL BARRENDERO

Juan barría las calles, juntaba basura, amontonaba penas propias y ajenas con su escoba deshilachada de tiempo. Después llegaron los días grises, él lo percibió en la calle, primero que todos, más que nadie. Eran los pesares de la peste.

Había dedicado sus mejores años a ese silencioso e ignorado oficio. En los últimos tiempos estaba dispuesto a lucubrar dolores desparramados por la pandemia que agarró a todos desprevenidos u ocupados en discordias, odios y desamor; elucidaciones sobre corazones dolidos que se amontonaban en aquella ciudad de espanto.

El trabajo no dejaba lugar para informarse acerca de la pandemia que estaba acabando con el mundo; sin embargo, cumplía su misión, fiel a su destino. Satisfecho iba por la vida a pesar de las penas que veía desfilar ante sus ojos a diario; tanta gente averiada: pobres, adinerados, ricos empresarios, niños, ancianos, jóvenes; todos bajo la misma vara: la fiebre, la muerte.

Su labor resultó casi normal por esos días en que la ciudad fue tomando aspecto desierto, morado. Angostas y coloniales calles se convirtieron en carreteras con camiones del ejército que no llevaban soldados sino cientos de féretros hacia la cremación, desparramando más angustia. Juan lo veía ante sí, y sus ojos se llenaban de ardor. Aquello, con el correr de los días, fue volviéndose normal en su vida de barrendero hasta que llegó el final anunciado: su propia muerte.

Sucedió durante una jornada cargada de presagios: al amanecer, uno de los tantos amaneceres de luto, apareció ahorcado frente a su casa tal vez cansado de esperar, un vecino desalmado. Lo peor sucedió al mediodía cuando otro suicidio sacudió la ciudad devastada: el primer ministro pereció en las vías del tren que iba por los barrios marginales a recoger cadáveres mientras sus sobrevivientes vagaban mendigando botellas de agua o un pedazo de pan. El primer ministro se había arrojado al averno al ver que nada podía hacer para salvar a sus conciudadanos. Después, seguramente, le tocaría su turno.

El día anterior había cumplido sesenta años. Mientras esperaba que la parca llegue de un momento a otro, preparó unos bártulos, embaló prolijamente la escoba de barrer y escribió un mensaje a su hija: “Claudia te amo. Solo Dios sabe cuánto voy a extrañarte”. Estampó la nota en la puerta de la heladera y salió al cordón de la vereda a esperar su hora. En la conciencia se le habían amontonado recuerdos, penas y alegrías en tropel, desde el vientre de su madre hasta las vísperas de sus exequias. Desembaló la escoba, la abrazó y lloró deseando sea rápido su Gólgota.

Se puso a barrer. Eran las doce del día de su último sol que brillaba a más no poder en lo alto. Cuando aparecieron unos ángeles levantó una mochila cargada de penas y se dejó llevar calle abajo.

-No podéis llevar bártulos.- dijo uno de los alados a lo que el barrendero contestó con firmeza:

-Si no puedo llevar mi escoba tampoco podré llevar mi alma.

El ángel calló.

Cuando Juan llegó al Cielo la cola para ingresar llevaba días de atraso. Hileras de alma en línea realizaban imprecaciones o rezos. Cuando tocó su turno, con visible agotamiento, un señor mayor interrogó:

-¿A qué se dedica?

-Soy barrendero.

La fila casi llegaba al Purgatorio, la gente comenzó a incomodarse a espaldas de Juan. Desde el fondo un tipo de corbata agitó unos papeles como si estuviera bailando una zamba: “¡Tengo orden judicial para entrar!” gritó, y amenazó con iniciar querella. Enseguida lo sacaron de los codos cargándolo en uno de los colectivos hacia el infierno. “En siglos no entró ni un abogado aquí, ahora, con esta peste ¡menos que menos!”, renegó el anciano.

Acto seguido un ángel condujo a Juan hacia los pabellones. “Me voy aburrir aquí”, comentó. “Podéis hacer muchas cosas: escuchar música, dormir todo el día, escribir, bailar… “

-No entiendes –dijo- aquí no podré barrer.

El ángel lo dejó solo.

Juan lo persiguió un trecho rogándole volver. El alado solo respondió: “La decisión de Dios es inapelable”.

 

No alcanzó a escuchar bien esta frase cuando Claudia le asestó un coscorrón. Juan vio que su hija salía del cuarto para regresar con un vaso de agua: “¡Estabas soñando a los gritos, papá. Tirabas patadas al aire!”

Se incorporó en la cama. Era mediodía y el sol brillaba en lo alto.

         -¿En qué estabas soñando?- requirió la joven.

            -En una peste, hija. Algo que jamás podrá ocurrir.

 

Mi amigo César me convidó con unas riquísimas nueces confitadas y con el corazón alegre el trencito puso rumbos a su nuevo destino, el Litoral, para recibir a MARTA L. PIMENTEL ÁLVAREZ nacida en la ciudad de PARANÁ (Prov. de ENTRE RÍOS), ciudad donde reside. Fundadora de la revista literaria “Pluma y Martillo” (1985-1987), del programa radial “Hablemos de Latinoamérica” (1987-1995). Dedicada a la escultura y a la pintura ha participado en talleres de orden local y nacional bajo la dirección de distintos maestros de la plástica. Ha participado en exposiciones grupales en las artes plásticas, con su grupo Visual-Art. Autora de los libros: “Desde todos los cielos”(poesías, agosto/95), “Gabriel, el Enviado” (teatro,1998), “El eterno ausente” (teatro, 2000, Moscú), “El Vértices de las Cosas” (teatro 2005-Córdoba), “De las simples cosas” (poesías 2006), “Los Versos de Juana” (poesías, 2007), “Ella y los pájaros” (2012), “El country de los Kimakis” (narrativa-2017), La Sublevación de las aguas, El Muelle, Ciudad de Cristal, Hija Nativa” (poesías-2017). Integra el II Tomo de Literatura Mística en Latinoamérica, editada en México, 2005. Asistió a diverso Congresos Literarios en: Costa Rica, España, Cuba, México, Uruguay, Perú, Chile, Brasil, donde se la han declarado visitante distinguida. Fue Secretaria General de la Sociedad Argentina de Escritores, SADE Secc. Entre Ríos, Filial Paraná (2006-07) y (2012-13) – Vocal (2015-2017)- Presidenta (2017-2019). Ideó, recopiló y prologó la Antología del Viento, “Herencia de Agua” (2016), que reúne a los más eximios poetas vivos de la Provincia de Entre Ríos a la fecha, y editada por el Gremio de APLER (Asoc. Personal Legislativo de E. Ríos, al que pertenece). Difunde poetas entrerrianos en su blogspot. Poesía de Entre Ríos, Ha realizado numerosos talleres literarios para niños y adultos, además de presentaciones de libros en América, y España. El día de la Poesía marzo 2019, recibió de SADE Central y del H. Senado de la Nación, un Diploma de Honor, que la destaca por su trayectoria, y autora nacional. Sus obras literarias fueron declaradas de Interés Cultural, por la H. Legislatura de la Pcia. de Entre Ríos, año 2016. Recibió el Premio ESCENARIO 2018 por el conjunto de sus poemarios: “La Sublevación de las aguas, El muelle, Ciudad de cristal, Hija nativa”, otorgado por el diario UNO. Recientemente ha sido declarada PERSONA DESTACADA, por la H. Cámara de Diputados de la Pcia. de Entre Ríos. (abril-2019).-

E Mail: martapimentel@hotmail.com

 

SOLA (la palabra)

 

Allí, junto a las gaviotas

sus alas sin coser,

y mis alas rotas.

La vi pasear

como a una torpe monja

tirando piedras al mar,

sola.

 

Le roza la humedad

el rostro de las sombras,

la cicatriz de cal,

las muecas de las olas,

sin silbos ni ciudad,

como una mariposa

la vi, entrando al mar,

sola.

 

¿Quién era?

Pudo ser

las letras de magnolias,

apóstrofe de fe, sinceramente otra.

 

Como un sultán

sin ropa ni corona,

girando sobre el mar,

abriendo su memoria,

la vi anclar, allí, ligeramente,

sola.

 

Agua marina va

camino de la gloria,

sin un amor detrás

sin una recíproca gota

que le cuelgue al final

del sendero de ostras

como quien va morir

sin nombre ni victoria.

 

La vi, de mí partir.

 

Estela, el viento sopla.

Puntillitos de sal

pegados a su estola.

El alma vi salir

del cuerpo y las cosas,

sangrando libertad,

y enormemente

sola.

 

 

 

 

CORONADOS

 

Ensillando el aire,

duelen las montañas.

La carne envejece,

se estremece y calla.

 

El rufián de turno,

dueño de emboscadas,

siembra el desaire

de contagios y dádivas.

 

Sus murallas chinas,

su camino en alza

muerde horizontes,

atraviesa cielos,

escandaliza el mapa.

 

Se adivina lejos,

entre cristales rotos,

envuelto de silencio,

el amor que llama.

 

 

No hay razón que pague

el miedo, el asombro,

las catedrales llenas

de rezos mortuorios.

 

Perfil del escombro,

el niño

revive la ausencia de otros.

 

Ya, deja que pase...

 

Vendrán a pedirnos

un poco de magia

como adivinos,

de billón a lágrimas.

Y sabremos

cuántos hemos sido

los resucitados del ayer

que fuimos.

 

Oye,

El dolor, la angustia

de morir a solas,

del rostro no sale

ni de la memoria.

 

Aprovechamos la oportunidad para darnos una vuelta por la hermosa costanera del río Paraná y la locomotora enfiló para la Reina del Plata, para recibir a Fernando Sorrentino (Buenos Aires, 1942) Escritor y profesor de literatura. Ha publicado ensayos, cuentos y entrevistas. Ha colaborado en los periódicos La NaciónClarín y La Prensa, entre otros. Sus más recientes libros de cuentos son Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015) y Para defenderse de los escorpiones, y otros cuentos insólitos (2018), ambos publicados en Madrid por Apache Libros. El cuento “Terapia exitosa” fue publicado por primera vez en el volumen Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza, (Barcelona, Ediciones Carena, 2005)

 

E Mail: fersorrentino@gmail.com

 

 

RECUERDOS DE UN JOVEN ARISTÓCRATA

 

 

A los dieciocho años padecí ser empleadillo en cierta compañía de seguros, de cuyo nombre, repitiendo a Cervantes, no quiero acordarme.

El diablo me puso bajo la égida de uno de los hombres más estúpidos que en el mundo han sido. En melancólico jolgorio íntimo, di en fingirme discípulo del señor B para que este ejecutivo —acucioso en su nadería, risible en su severidad— imaginase que yo aspiraba a devenir una persona parecida a él en un futuro venturoso.

La conjunción de su pequeñez física y el vestir siempre los llamados “trajes de saco cruzado” le confería un aspecto de figurita de cartulina, recortada de la revista Billiken.

Se presentaba como “subdirector” de la sección, aunque esa jerarquía sólo existía en su caletre. Con respecto a mí, uno de sus confesados propósitos consistía en “modelar” mi personalidad. Objetivo, declaró con tristeza, que no había podido concretar con “el señor H”, díscolo e insensible empleado cuarentón, cuya testarudez lo tornaba inepto para todo modelaje. En cambio, puesto que yo ni siquiera había alcanzado las dos décadas de vida, el señor B me consideró arcilla apta para ejercer su labor de Pigmalión.

Entre otras exigencias, se hallaba la de trabajar con saco y corbata. Además del pérfido señor H, éramos cuatro empleados: una chica de modales edulcorados, dos muchachos y yo. Siendo nuestra primera incursión en el llamado “mercado laboral”, la dama y los tres caballeros acabábamos de cursar el colegio secundario. A pesar de esta cuasiadolescencia, nos estaba prohibido tratarnos informalmente dentro de la compañía: debíamos utilizar el riguroso usted, como lo requería una atmósfera de aristocracia administrativa. No obstante, una vez puesto un pie en la acera, se hallaba legalizado emplear el infecto pronombre vos y sus formas verbales correspondientes.

Mis tareas distaban de fascinarme. Nada me cuesta declarar que, gracias a las Academias Pitman, yo era, y sigo siendo, un excelente dactilógrafo, al tacto y con los diez dedos. El señor B. solía entregarme una carta de su puño y letra, para que yo, cambiando las señas del destinatario, la copiara, Olivetti mediante, doce o quince veces a fin de enviarla a similar cantidad de “productores de seguros” domiciliados en diversas provincias.

Las epístolas del señor B nunca suscitaron mi envidia.

Su estilo abrevaba en el arcaísmo ceremonioso (muy señor mío), en la zalamería (no escapará a su elevado criterio), en el barroquismo oficinesco (cumplimentar dicho actuado) y en la obsecuencia engorrosa (despídome de usted con mi consideración más distinguida). Poseía sus propias reglas de acentuación escrita (asímismo, capáz, ésto, Luís, mas rapido, cafe o te) y se mostraba generoso y ecuánime con los signos de puntuación, que derramaba al azar entre las palabras del texto.

Mis tareas, aunque en extremo tediosas, resultaban muy sencillas, y un paramecio o una ameba podrían ejecutarlas con éxito consagratorio. Sin embargo, el ideal del señor B (a su manera, un hombre superior) se hallaba en un horizonte lejano: el de alcanzar la citada aristocracia administrativa.

Consecuente con estos principios, el señor B intentó convencerme de que los gerentes y jefes constituían una élite de semidioses, hacia los que yo debía sentir la veneración más profunda. Lo cierto es que ante todos ellos en conjunto, y cada uno en particular, jamás la admiración alteró mi ritmo cardíaco.

Mi fervor religioso no le parecía tan vehemente como exigían las justicias divina y humana. Y, según pude ir notando por las reprimendas a que me sometía a menudo, lo embargaba la desazón de un nuevo fracaso creador: mi personalidad, gemela de la del señor H, continuaba siendo tan reprochable como antes de ingresar en la empresa.

Al igual que don Quijote a Sancho y que Martín Fierro a sus hijos y a Picardía, el señor B consideraba meritorio aconsejarme. De sus consejos recuerdo dos:

1) Señor Sorrentino: dígale “señor” a todo el mundo. 2) Señor Sorrentino: sea humilde.

En cuanto al primero, no veo la necesidad; respecto del segundo, creo que identificaba humilde con sumiso o rastrero o abyecto.

Si el señor B era “subdirector” de la sección, tenía que existir un “director”. Y, en efecto, existía. Sólo que, divinidad al fin, su presencia resultaba más espiritual que física. Ignoro cuáles eran sus funciones fuera de la oficina, pero las presumo importantes e imprescindibles, pues cuando, una vez por semana, hacía “acto de presencia”, el señor B, ante esta epifanía, se desmoronaba en un estado de emoción lindante con la catatonia y la catalepsia.

En tales fastos el director se presentaba en binomio con un hijo suyo, un papanatas de unos treinta años (en mi barrio lo habríamos catalogado de pelotudo alegre), con ojos algo desorbitados. Entre sonoras risotadas, este hombre feliz se lanzaba a bromear estentóreamente con nuestros semidioses menores, a quienes llamaba fariseos, humorístico apóstrofe a los que aquellos respondían con el mote de filisteo: torneo de agudezas que los conducía a un compartido éxtasis intelectual. En la siguiente semana se repetían exactamente la escena, las bromas, las risotadas, hasta alcanzar las proporciones de una tremebunda batahola, reñida, claro está, con la aristocracia administrativa.

A mí no me molestaban en absoluto esas manifestaciones de estulticia; al contrario: me colmaban de maligna felicidad, ya que esa parafernalia de gritos y carcajadas entraba en colisión con los principios aristocrático-administrativos preconizados por el señor B. Y este asistía, impotente y acobardado, encogido y enfurruñado, a esa invasión festiva contra la cual carecía del mínimo poder represor: sólo un insensato ateo podría cometer el sacrilegio de censurar las acciones del hijo del semidiós principal de la sección.

El director vestía siempre traje oscuro y ostentaba un aspecto “digno”, “caballeresco” y “señorial”. Puesto que aquila non capit muscas, era impropio de su mente ocuparse de minucias: en cierta ocasión planteó a la azucarada muchacha el siguiente enigma: “Dígame, señorita, realizado ¿se escribe con ese o con zeta?”.

En cuanto pude, abandoné aquel ámbito aristocrático y regresé al mundo plebeyo en que nací y en el que continúo viviendo hasta el día de hoy.

 

En la misma ciudad aguardaba otro escritor y hacia allá nos dirigimos para encontrarnos con ROLANDO REVAGLIATTI. Nació el 14 de abril de 1945 en BUENOS AIRES (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y quince poemarios, además de otros cuatro poemarios sólo en soporte digital. En esta condición se hallan los Tomos I y II de “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com 

 

E Mail: revadans@yahoo.com.ar

 

LOBOS

Lobos

a través de la fiebre

resollando

 

La nieve

a través del resuello

 

Dos mujeres

se temen

a través de los lobos

 

La fiebre

 

La nieve.

 

 

CON EXCELENTE DEFINICIÓN

 

La cámara

fotográfica

de su Ser

criminal

captó

del occiso

inclusive

estertores.

 

FUMAR SIN PLACER

 

Me odia

    un poco menos

que antes de haberme

ejecutado

 

Mi descuartizador

sin mirarme

fuma

todavía irritado

entre mis disímiles

secciones

 

El fracaso

—o filo de esa noción—

lo decapita

 

Un poco menos que antes

de haberme ejecutado

me odia.

 

 

ATÁJAME

 

La verdad

desnuda

como la pasión

desnuda

erran

hoy

por mi hígado

de inveterado

somnoliento

 

Me conduelo

del ciego

cuando arrojo

con ímpetu apócrifo

mis lacrimales

al ciego

 

Sudo frío

los lunes

cálidos

sin madre

y sin

siquiera

su esquema

de mutilaciones

 

Sé que sueño

donde mal

me interno

sin perspicacia

en el fulgor

precipitado

por lo irrisorio

de mi caída.

 

VIVIR CON

 

Mara se negó a vivir con Albert

Albert se negó a vivir con Geraldine

Geraldine se negó a seguir viviendo con Enrique

Enrique se negó a vivir con Ireneo

Ireneo se negó a vivir con sus hijos

Los hijos de Ireneo se negaron a vivir con la madre de Ireneo

La madre de Ireneo se negó a seguir viviendo con su marido

El marido de la madre de Ireneo se negó a vivir con Elvira o con Amelia

Amelia y Elvira se fueron a vivir juntas

pero negándose a vivir también

con la prima de Elvira, Clarisa

Clarisa se negó a volver a vivir con Rogelio

Rogelio se negó a vivir en el remordimiento

de haberse negado siempre a vivir con Ofelia

y ahora espera que en tiempo y forma

la pólvora activada en ese grosero

collar que rodea su cuello

lo explote en el aire.

 

Dejamos atrás Buenos Aires y el trencito decidió arrimarse a la costa atlántica, para recibir a nuestra última pasajera: MIRIAM FERNÁNDEZ, escritora nacida en MAR DEL PLATA (BARRIO LA PERLA, Prov. BUENOS AIRES), ciudad donde reside. Administradora del Grupo Infanto Juvenil Aventuras de Papel y Socia de La Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos. Participa en Antologías, páginas de Internet, revistas y radios con sus escritos. Además colabora en diversos concursos literarios.

 

E Mail: aventuraspapel@outlook.com

 

ANARANJADO

 

Un cielo anaranjado

deleita su mirada.

Explotan suspiros,

está maravillada.

 

El verde esplendoroso

despierta los sentidos.

Aroma penetrante,

aparecen sonidos.

 

Todo lo vislumbra...

hermosas flores rojas,

el atardecer llega

y pisa muchas hojas.

 

Agua muy tranquila,

parece un gran espejo.

Lindos tonos resplandecen,

se produce un gran reflejo.

 

Te quedaste muy perpleja

de ese lugar singular.

Mañana retornarás

a un paisaje singular.

 

 

ACOSTUMBRARTE

 

A Anímate y habla.

C Cuéntalo, no calles.

O Oponte a eso.

S Siente tu corazón.

T Trata de ser vos.

U Única para resolver.

M Mujer respetada.

B Broncas guardadas.

R Raíz del dolor.

A Aire libre y puro.

R Razona con calma.

T Tiéntate al amor.

E Emprende tu camino.

 

 

TANKA

 

El pasto seco,

los árboles sin hojas,

un cielo muy gris.

Ni pájaros ni flores,

el invierno llegó ya.

 

 

MUY DENTRO MÍO

 

Mucho anhelo,

mucho deseo,

mucho temblor

muy dentro mío.

 

Mi cuerpo habla,

mi mirada brilla,

mi ser te ama

muy dentro mío.

 

Así me veo,

así me siento,

así te espero

muy dentro mío.

 

 

La locomotora estaba cansadísima después de tanto andar. Y así al tranquito lento, el trencito regresó a su andén pampa. Aquí los espero con sus poemas y sus cuentos (más una minibiografía). Pueden enviarlo a: letrasenelanden@gmailcom

Nos estaremos encontrando. Un abrazo

 

CRIS F.